La jardinera.
Leí del rabino Harold Kushner
(“Cuando nada te basta” Emecé Editores. Pág. 185. Bs. Aires 1996): “Todas las cosas de nuestra vida, las
complicadas estructuras en las que volcamos tanto tiempo y energías, se alzan
sobre cimientos de arena. Lo único perdurable es el vínculo con nuestros
semejantes. Tarde o temprano vendrá una ola y echará por tierra con todo lo que tanto nos costó construir.
Cuando eso ocurra, sólo el que puede tomar a otra persona de la mano será capaz
de sonreír”.
Mi
padre tuvo diversas e importantes actividades en su vida. Sin embargo, después
de doblar el último codo, repetidamente recordaba aquél paseo en jardinera.
Yo era un niño “de canasto”. Y las
primas de mi madre vivían en un pueblito extremadamente pequeño, casi fantasma,
a unos 100 kilómetros de Buenos Aires. Íbamos los fines de semana, en tren,
dando un largo y tedioso rodeo.
Aquella vez el marido de mi tía
pidió prestada a sus patrones la jardinera con la que repartía el pan en el
mísero y pintoresco lugar. La excursión dominical era a lo de su hermano,
encargado de un campo de la zona.
Luego del asado y vino, vino (valga
la repetición) el consabido partido de fútbol. Mi padre siempre fue arquero,
aunque no tenía vista de lince, ni nada semejante.
Parece que ese día estaba inspirado
y que los contrarios eran muy superiores. Atajó todo y, cuando finalizaba el
partido, cero a cero, a mi padre se le escapó una pelota tonta que puso el
justo uno a cero en favor de los contrarios.
Lo que repetía mi padre es que nunca
pudo lograr que los ocasionales testigos le creyeran que esa pelota tonta
realmente se le había escapado, y que no la había dejado pasar para “hacer
justicia”. Quedó así como un ilustre caballero, de pura chiripa. (¿O porque
algún ángel intervino para que esto ocurriera?)
Mi padre contaba esto cuando ya
quedaban muy pocos que recordaran aquél hecho. Sin embargo, era esa “pequeña
cosa” la que le rememoraba aquellos afectos, la que le alegraba la vida. No sus
“grandes hazañas”.
Es
el recuerdo de lo pequeño lo que nos vuelve a lo grato y nos aleja de las
grandes desgracias. Es lo que permite dar la mano a alguien que queremos y
continuar el camino, como enseña el rabino.
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