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domingo, 1 de agosto de 2021

 

El propietario y los trabajadores de la viña.

                Mi amigo, el cura, leyó el evangelio que narra la parábola del propietario que sale de madrugada a la plaza del pueblo para contratar trabajadores para su viña.

                La cuestión es que el propietario contrata a unos cuantos y les promete un denario. Luego vuelve y contrata a otros. Esta acción la repite varias veces durante el día, inclusive hasta última hora de la tarde, oportunidad en la que sigue trayendo obreros a la viña, aún cuando se agotaba el tiempo de trabajo.

                Llegado el momento, ordena pagar a todos el salario prometido a los primeros, o sea, un denario, comenzando por los últimos. Los primeros, creyendo que iban a recibir más, se quejan; a lo que el propietario responde: "Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a éste que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?"

                En el sermón, el cura encaró el problema por un lugar que no me imaginaba: explicó que si bien vivimos tiempos muy confusos, también son maravillosos.

                Continuó diciendo que asesora a una institución que entrega premios por la labor en los medios de comunicación y que se había emocionado con la felicidad de un grupo de jóvenes con síndrome de Down: ¡habían sido premiados por su trabajo en determinado programa!

Agregó que en su ya larga vida percibe un gran cambio, que consiste en el actual reconocimiento de las personas con discapacidades, enfermas, ancianos, etcétera; a diferencia de antaño, cuando se ocultaba a las personas con alguna enfermedad o deficiencia.

                Y allí empalmó con el evangelio. Explicó que, más alla de que el propietario podía hacer lo que quisiera con su dinero, los estudiosos enseñan algo que no está expresado en el texto porque resultaba obvio para los lectores de aquella época: que los primeros contratados en las plazas, a primera hora del día, eran los más fornidos ya que por su aspecto saludable prometían rendir más en la labor; y que, por consiguiente, iban quedando sin trabajo los baldados, los débiles y los enfermos. Que, por tanto, lo que había hecho el propietario era un acto de real justicia, tal como lo estamos aprendiendo en estos años, en los que se trata de integrar y proteger a las personas en situación de vulnerabilidad. ¡Que éste es el gran avance en el presente de la humanidad!

                Por mi parte advierto, en primer lugar, que quizás, vivimos una confusión que no nos permite ver claramente que los únicos que percibieron el denario eran los que estuvieron dispuestos a trabajar. Muchas veces nuestra sociedad olvida que el deseo genuino de ser útil y de esforzarse es lo que dignifica como acreedores de los derechos sociales.

                Y, finalmente, que estos nuevos parámetros de justicia seguramente ponen en jaque a la milenaria definición de la justicia, aquella de dar a cada uno lo suyo.

PUBLICADO en "Derechos e Integración" (Revista del Instituto de Derechos e Integración. N° 11 Año X - 2019 pág. 119.

 

 

 

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