El desquicio y la
sede del trapito.
En la misa de ayer, la primera
lectura narró la entrada del pueblo hebreo a la tierra prometida. Luego, mi
amigo leyó el evangelio del hijo pródigo y explicó ambas.
En primer lugar: que no debemos
perder en estos tiempos la esperanza, pues luego de tantos sufrimientos, Dios,
como siempre, cumplió al pueblo hebreo su promesa: la tierra anhelada.
En cuanto a la parábola del hijo
pródigo, el cura aclaró que el Padre fue magnánimo con ambos hijos, pues salió
al camino para buscar a los dos. Lo hizo con el menor, el desquiciado, que
había gastado todo en mujeres y que volvía vencido para pedir sólo un puesto de
jornalero para poder alimentarse; y con el mayor, que se negaba a volver a la
casa enojado por la fiesta que daba el padre a causa del regreso de su hermano
díscolo.
Me quedé con la idea de que la
desesperanza que tanto cunde en estos tiempos se origina en el desquicio
descontrolado que nos rodea. Y me fui a buscar en el diccionario qué es el
"desquicio".
Por ese camino llegué a
"quicial", que es el "madero
que asegura y afirma las puertas y ventanas por medio de pernos y bisagras,
para que girando se abran y cierren", lo que asegura que desquiciado es
quien ha perdido el equilibrio, el lugar de amarre, el punto de referencia.
En
tal sentido, el hijo pródigo era, sin duda, un desquiciado: había perdido la
referencia a sus orígenes, a su lugar de referencia, a sus deberes y al sentido
de su vida. Lo que no quita que podamos decir también del hermano mayor que no
había sabido hacer "su" vida.
En
mi derrotero sobre "el desquicio", me acordé de otro amigo: Ariel, el
trapito que tiene su sede en la puerta de mi oficina.
Aclaro
que digo “sede” porque según el “mataburros” esa palabra indica “el asiento de
un prelado que ejerce jurisdicción”. Para Ariel la sede es un humilde banquito de plástico que
revolea tras las rejas de mi jardín a la noche y rescata a la mañana siguiente.
Este
pobre muchacho tiene las venas de los brazos destruidas de tanto que "se
ha dado". Tiene también, por ende, serios problemas cardíacos. Sin
embargo, se gana la simpatía de quienes pasan por la cuadra.
Por ejemplo, no hay chofer de colectivo que
no lo salude con un bocinazo, cosa que me llama mucho la atención y que no
quiero preguntarme a qué se debe. Por las dudas.
Me quejo, a la mañana, porque mis empleadas
le llevan el desayuno antes de traerme el café a mí. Por supuesto, me quejo por
deporte.
Sé
que se esfuerza por las noches por ir a la plaza del pueblo a ayudar a repartir
comida a quienes no tienen qué comer. También ha de recibir él algo para
entretener el estómago.
Recordé
luego a algunos clientes de mi escribanía, podridos en plata, especialmente a
una familia que concurrió en estos días.
Vinieron
un jueves 29 y debían una cuota de tasas municipales. Me trataron de estafador
porque yo les cobraba algo más que lo que indicaba la boleta. Les expusimos que
no teníamos quién fuera a la municipalidad el viernes 30 a pagar y que a la
semana siguiente la cuota iba a tener algún recargo.
Luego
de la escritura y de que ellos se retiraran, otro concurrente me contó que esta
gente alquila por mucho dinero un local importante frente a una autopista. Que
fue a ver al hijo de este matrimonio a ese lugar, a quien encontró rastrillo en
mano arreglando el jardín del frente personalmente, para no pagar por esa tarea
a un operario.
Tal
como presumí, la mujer de quien debía pagar la tasa fue al día siguiente,
siempre personalmente, a hacer la cola a la municipalidad para pagar sin
recargo. Luego vino para que yo devolviera lo que había retenido. Explicó (la
mujer, al menos, es amable) que ellos son gente de trabajo. ¿?
¿Quién
está más desquiciado? ¿Esta gente o mi amigo Ariel, el trapito?
Asusta
ver a tanta gente en la situación de Ariel. Pero, a mí, me asustan más los
otros.
Sólo
afirmarnos en la Fe puede sostenernos en la Esperanza.
ADENDA:
Tal como parecía inevitable, un día Ariel no apareció.
Me contaron que el fin de semana anterior había logrado llevar a un hijo al
cine, hijo al que no le permitían ver desde hacía mucho tiempo. Al día
siguiente su corazón no resistió. También me contaron que los colectiveros lo
saludaban porque durante mucho tiempo se ocupó en la venta ambulante en los
transportes públicos. Ahora, cada vez que me retiro de la oficina por la tarde,
luego de varios meses, me sorprende que no esté en su sede.
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